Arbol en la cima del cerro Fusacatán

Fusacatán: Un Viaje a las Entrañas del Guardián de los Sutagaos

El aire gélido de la mañana y un cielo que presagiaba lluvia no fueron suficientes para mermar el entusiasmo. A las 7:00 a. m., el parque central de Fusagasugá se convirtió en el punto de partida para aproximadamente doscientos aventureros dispuestos a desafiar la montaña. Tras un breve calentamiento para activar el cuerpo, emprendimos la marcha con una meta clara: conquistar el mirador del «Guardián del Valle de los Sutagaos» y descubrir los secretos de su cascada oculta.

La ruta resultó ser un reto físico formidable; un ascenso constante que ocupó el 90 % del trayecto. Sin embargo, el esfuerzo se vio recompensado por un entorno onírico. La niebla y las ligeras lloviznas transformaron el camino en un escenario místico, donde el bosque andino nos envolvía con su abrazo de helechos, orquídeas, robles y musgo. Respirar ese aire puro, cargado con el aroma fresco de la vegetación y la tierra mojada, fue una experiencia sensorial que nos devolvió la vitalidad a cada paso.

Más que una montaña, este imponente cerro es una fábrica natural de agua que nutre los acueductos de la región. Fuimos testigos de esta riqueza al adentrarnos en lo profundo del bosque para encontrar una cascada de belleza indescriptible. Acceder a ella requirió determinación y gallardía, pero al llegar a su base y sentir el rocío de sus aguas refrescantes, cualquier rastro de fatiga desapareció, reemplazado por una profunda conexión con la naturaleza.

Recorrimos senderos cargados de historia y misticismo, sintiéndonos protegidos por la legendaria cacica que, según los relatos locales, habita en las entrañas del cerro para velar por el pueblo. Este camino de herradura, que en tiempos antiguos facilitó el intercambio comercial entre comunidades originarias de distintos pisos térmicos, nos permitió conectar con el legado ancestral de nuestra tierra.

El premio mayor nos esperaba en la cima. Desde el mirador del «Guardián del Valle de los Sutagaos», la panorámica de Fusagasugá se desplegó ante nosotros como un regalo precioso. Con la imagen grabada en la retina, iniciamos un largo pero placentero descenso. Regresamos cansados, pero con el espíritu renovado y profundamente agradecidos con el I.D.R.F. por organizar esta aventura y permitirnos redescubrir la majestuosidad que nos rodea.

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